miércoles, 8 de abril de 2009

Ponga un agorero en su vida

Desde los remotos tiempos de Casandra hay sobre la faz de la Tierra una estirpe maldita: la de los agoreros, aquellos condenados a proclamar la verdad (sobre todo cuando duele) y a no ser creídos. Esa misma faz de la Tierra tembló en la región italiana de Abruzzo, tragándose su capital, L'Aquila, y pueblos de las inmediaciones hace un par de días. La estela de muertos y heridos que ha dejado la catástrofe hace que este terremoto, de 6´2 grados en la escala de Richter, se considere el peor de los últimos treinta años. Pero esa no es la cuestión.

El seísmo conmovió las entrañas terrestres, pero lo que me conmueve a mí es que hubo un hombre que lo previó. Un sismólogo, de apellido Giulani. Nadie lo escuchó. No sólo eso. No fue indiferencia lo único que recibió. Fue denunciado por sembrar el pánico y alguno, como el Jefe de Protección Civil, Bertolaso, lo tachó de "imbécil" por "difundir noticias falsas". Giulani publicó en Internet sus previsiones, basándose en las concentraciones de gas radón que detectó en zonas sísmicamente activas. Llegó a alertar a varios habitantes de L'Aquila de lo que se avecinaba. Pero la deseable evacuación no se produjo.

De todas formas, era difícil que alguien le hiciera caso. La proporción de heraldos de la verdad entre la marabunta de vaticinadores del apocalipsis y demás iluminados de toda especie y condición hace imposible atender las predicciones con unas mínimas garantías de no incurrir en el más estrepitoso ridículo, el más descarnado absurdo y un sangrante despilfarro casi de continuo. La estabilidad social requiere obviar según qué tonterías. Pero esto implica que, de vez en cuando, se acalla una voz que, finalmente, resulta ser crucial y costar vidas humanas. Quizás es el precio que tenemos que pagar. El importe que debemos abonar por que, una vez en la Antigüedad, Casandra rechazara al dios Apolo y se condenara, a ella y a su raza, a no ser escuchada.

Al que sería mejor no escuchar es a Silvio Berlusconi, por riesgo de que la sangre hierva y los oídos escuezan a rabiar, hasta quedar en carne viva. Este individuo, primer ministro italiano para más señas, se permite recomendar a los afectados por el terremoto que se tomen esta experiencia como "un fin de semana al aire libre", aludiendo al bucólico hecho de que se han quedado sin casas y tienen por ello que dormir al raso. Sí, lo sé, ampollas aflorando.

En fin, son las paradojas de este mundo. Los agoreros son despreciados y algunos gilipollas son tan tenidos en cuenta que acaban rigiendo el destino de un país.

De periodistas y policías

El pasado 18 de marzo nos retrotrajimos a una de las imágenes que coparon la triste época franquista. Mossos d'esquadra arremetiendo contra la multitud, porras en ristre y brutalidad enarbolada. Su objetivo eran los manifestantes universitarios, los anti-Bolonia, después de una jornada caldeada en el mercurio y en los ánimos. Por la noche, en vía Laietana, el blanco se amplió. La mecha prendió y se propagó la pólvora. Pero las fallas eran en Valencia, no en Barcelona. Se equivocaron, amigos.Tampoco pequemos de injustos. No alcemos tan alegremente los gritos de reprobación. No somos nosotros los encargados de parapetarnos tras el casco y el escudo para habérnoslas con una muchedumbre enardecida y descontrolada. Sobre nosotros no pesa la responsabilidad de mantener el orden entre gentíos virulentos, a los que se suman anti-sistema y otros alborotadores de baja estofa que aprovechan siempre estas coyunturas para sacar lo mejor de sí mismos. Sobre las tropas policiales sí pende ese arduo deber. Nadie dijo que fuera fácil. Menos podemos decirlo cuando nuestro tipo está a salvo, cuando no somos nosotros los que nos la jugamos. Desconfíemos del cuento de los malos y los buenos. No es todo tan simple, ni blanco ni negro. La verdad suele vestirse de gris, o a rayas. Y a veces se le destiñe la colada.

En todo caso, eso no exime a los Mossos de la siempre necesaria virtud de la mesura, la contención y, por supuesto, de la mera justicia. Es de cajón. Que la fuerza policial descargara contra todo lo que se movía es lo que merece la más viva condena. Es, sencillamente, lamentable. La indiscriminación de la porra crecida. O asustada, según como se mire. Tanto da. Es igualmente inadmisible.

Viandantes pacíficos, ajenos al desorden, que disfrutaban de la incipiente primavera mediterránea, y que sin comerlo ni beberlo comenzaron a recibir golpes. Gratuitamente. Para los mamporros no hay crisis que valga.

Turistas que se vieron sorprendidos por los mandobles de las fuerzas de seguridad españolas. Perfectamente comprensible. Para darle más emoción a la ruta turística, hombre... y pueden llevarse moratón en el brazo de souvenir, para que luego puedan mostrarlo a las amistades como prueba de su spanish adventure. Todo pasión, oigan... y luego dirán que la afluencia de extranjeros se resiente...

Y por último, y lo que a mí más me duele por aquel engorro sentimentaloide de la deformación profesional, periodistas y fotógrafos vapuleados mientras realizaban su labor. Los pobres pringaos enviados a cubrir los disturbios salieron trasquilados. La ceja partida del fotógrafo del ADN es el testimonio más aparatoso, pero también el más elocuente, de lo que ocurrió ayer. Y luego nos reprocharán que saquemos sangre en TV.

Incidente aislado, desde luego. No nos empinemos en el sensacionalismo de la alarma y de la indignación barata. Pero que sirva como aviso. Uno más de que la legitimidad del Estado para ejercer la violencia a veces se excede y agrede las libertades civiles en virtud de las cuales ejerce ese derecho. Desde luego, da qué pensar.