Desde los remotos tiempos de Casandra hay sobre la faz de la Tierra una estirpe maldita: la de los agoreros, aquellos condenados a proclamar la verdad (sobre todo cuando duele) y a no ser creídos. Esa misma faz de la Tierra tembló en la región italiana de Abruzzo, tragándose su capital, L'Aquila, y pueblos de las inmediaciones hace un par de días. La estela de muertos y heridos que ha dejado la catástrofe hace que este terremoto, de 6´2 grados en la escala de Richter, se considere el peor de los últimos treinta años. Pero esa no es la cuestión.
El seísmo conmovió las entrañas terrestres, pero lo que me conmueve a mí es que hubo un hombre que lo previó. Un sismólogo, de apellido Giulani. Nadie lo escuchó. No sólo eso. No fue indiferencia lo único que recibió. Fue denunciado por sembrar el pánico y alguno, como el Jefe de Protección Civil, Bertolaso, lo tachó de "imbécil" por "difundir noticias falsas". Giulani publicó en Internet sus previsiones, basándose en las concentraciones de gas radón que detectó en zonas sísmicamente activas. Llegó a alertar a varios habitantes de L'Aquila de lo que se avecinaba. Pero la deseable evacuación no se produjo.
De todas formas, era difícil que alguien le hiciera caso. La proporción de heraldos de la verdad entre la marabunta de vaticinadores del apocalipsis y demás iluminados de toda especie y condición hace imposible atender las predicciones con unas mínimas garantías de no incurrir en el más estrepitoso ridículo, el más descarnado absurdo y un sangrante despilfarro casi de continuo. La estabilidad social requiere obviar según qué tonterías. Pero esto implica que, de vez en cuando, se acalla una voz que, finalmente, resulta ser crucial y costar vidas humanas. Quizás es el precio que tenemos que pagar. El importe que debemos abonar por que, una vez en la Antigüedad, Casandra rechazara al dios Apolo y se condenara, a ella y a su raza, a no ser escuchada.
Al que sería mejor no escuchar es a Silvio Berlusconi, por riesgo de que la sangre hierva y los oídos escuezan a rabiar, hasta quedar en carne viva. Este individuo, primer ministro italiano para más señas, se permite recomendar a los afectados por el terremoto que se tomen esta experiencia como "un fin de semana al aire libre", aludiendo al bucólico hecho de que se han quedado sin casas y tienen por ello que dormir al raso. Sí, lo sé, ampollas aflorando.
En fin, son las paradojas de este mundo. Los agoreros son despreciados y algunos gilipollas son tan tenidos en cuenta que acaban rigiendo el destino de un país.
miércoles, 8 de abril de 2009
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